9-Güemes: un hospital, una vírgen, una chica inglesa y muchísimo que aprender…

Tres noches pasamos en Güemes (ciudad cerca de Salta Capital), no seguidas, sino que una fue cuando íbamos subiendo hacia el norte y las otras dos al regresar de Bolivia, antes de decidirnos a ir a Misiones. Güemes no es una ciudad turística, sino más bien un lugar donde hay empresas y polos productivos, con lo cual muchos “hombres de negocio” se dirigen a este lugar, y también los camioneros suelen esperar sus cargas en las estaciones de servicios.

Noche I

Nuestra primer noche en Güemes fue luego de haber estado en Salta Capital varios días conviviendo con unos familiares míos (primos de mi mamá), que hasta ese momento yo no conocía (Chuly y Pepe), y que nos trataron como si fuéramos sus nietos, es decir, veníamos “mimados con comidas de abuela”, muchas charlas y durmiendo en una acogedora cama. Habíamos salido de Salta por la tarde (ya que los saludos de despedida se habían extendido más de lo calculado),  caminamos bastante (al rededor de 2hs) para llegar a la ruta. No teníamos muy en claro hacia dónde nos dirigíamos exactamente, pero queríamos ir para el lado de Jujuy, frenó un auto y dijo que podía llevarnos hasta Güemes, quedaba cerca de donde estábamos, pero aceptamos igual. Una vez allí empezamos a caminar porque queríamos salir del centro de la ciudad (ya que la ruta pasaba por el medio), pero cuanto más nos alejábamos nos empezó a parecer una zona medio “peligrosa” así que decidimos volver. Había muchos semáforos y no sabíamos como era la mejor forma para acercarnos a hablar con los conductores en esa circunstancia (ya que hasta ese momento, siempre nos habíamos parado al costado de la ruta y simplemente extendíamos el dedo pulgar (bueno, a veces yo también me ponía a saltar), pero solamente cuando un auto frenaba nos acercábamos a hablar). Estuvimos un rato amagando, yendo y viniendo, intentando acercarnos a los conductores o haciéndoles señas con la mano, pero el método no parecía efectivo, nos sentíamos incómodos y no nos poníamos bien de acuerdo en qué hacer. Así que, algo perdidos, optamos por sentarnos a esperar no se qué. Comenzó a anochecer, así que fui a dar una vuelta por la ciudad buscando un lugar para quedarnos; encontré hoteles que cobraban precios que no nos interesaba pagar, así que terminé preguntando en un club si podíamos acampar ahí, pero luego de mandarme de un lugar a otro, no logré encontrar a la persona encargada de autorizarnos, después se me ocurrió preguntar en el cuartel de bomberos, pero tampoco tuvimos suerte. Nuevamente nos quedamos sentados en una estación de servicio, sin tener la menor idea de dónde podíamos pasar esa noche y cada vez se hacía más tarde. Pensamos en quedarnos toda la noche ahí, pero yo quería dormir, y no iba a aguantarme 8hs sentada en ese banco, así que comenzamos a andar nuevamente, eran más de las 12 de la noches, así que no encontrábamos gente como para preguntar si podíamos armar la carpa en algún jardín. Vimos que el hospital tenía un predio grande, con una gran cantidad de áreas con pasto y árboles, entramos y le preguntamos a uno de los guardas si había alguna posibilidad de quedarnos ahí, nos dijo que no podíamos armar la carpa, pero el mismo nos llevó (iluminados con su linterna) hasta atrás del todo para mostrarnos un lugar donde solía quedarse gente a dormir. No estábamos muy convencidos, pero como era mejor esta opción que quedarnos sentados en la estación de servicio, decidimos sacar las bolsas de dormir y acostarnos bajo un arbolito. El clima era excelente para dormir a la intemperie y el cielo estaba completamente estrellado. Abrazada a mi mochila me dormí sin mucho problema.

En la mitad de la noche me despertaron unos ruidos, me doy cuenta que hay un hombre “husmeando” en un tacho de basura, a unos metros de nosotros, me quedo mirándolo un rato, está borracho, y sus movimientos no son muy claros, se sienta y vuelve al tacho repetidas veces, aunque no parece sacar nada de él, sólo mira, tal vez revuelve la basura y luego vuelve a sentarse. Al rato, un poco más lejos, pasan otras dos personas cargando un  carrito, lo saludan con un grito. Ahí me di cuenta, que cuando el guarda nos dijo que en ese lugar solía quedarse gente a dormir, no se refería a mochileros errantes que hubieran caído también en Güemes, sino de indigentes de la zona. Me sentí extraña, lo desperté a Ezequiel para preguntarle qué hacíamos, si le parecía seguro quedarse ahí o no, luego de ver que el hombre seguía con su ritual de buscar en la basura y volver a sentarse, decidimos que era inofensivo, y que podíamos quedarnos ahí. Me dormí, aunque algo entrecortado, siempre que me despertaba, lo primero que hacía era mirar al hombre, quien continuaba realizando las mismas acciones una y otra vez.

El sentimiento era extraño, hacía un día estaba en la casa de unos familiares, en un lugar en el que a pesar de que era ajeno, me sentía segura, cómoda, y ahora me encontraba durmiendo prácticamente en la calle. La situación me hizo reflexionar mucho. No tenía miedo, sino que de alguna manera sentí el hecho de que todos tenemos lo mismo en esta vida, no importaba lo material, nosotros teníamos la plata para pagar un hotel si queríamos, o para tomarnos un micro hasta otro lugar, pero estábamos ahí, durmiendo en el mismo lugar que aquel señor a quién veía entre penumbras revisar la basura. Me es imposible terminar de poner en palabras la sensación. Me preguntaba a mi misma: ¿qué mente rebuscada puede preferir dormir así teniendo plata para pagar una habitación o para tomarse un micro e irse a otro lado?, pero la verdad es que la experiencia no la cambio ni por el hotel mas lujoso del mundo…lo q aprendí y sentí esa noche es irreemplazable.

Creo que fue una de las experiencias más extrañas y que aun hoy sigue enseñándome muchísimas cosas cada vez que vuelvo a recordarla.

Noche II

Habían pasado casi 20 días desde la noche en que nos quedamos varados en Güemes, habíamos recorrido Jujuy y algo de Bolivia, y estábamos casi por cruzar la frontera hacia Perú cuando nos enteramos que el mejor amigo de Ezequiel, a quién hacía varias años no veía, (ya que se mudó a España) iba a venir a Buenos Aires a visitarlo; así que habíamos decidido empezar a bajar. Pero cuando estábamos nuevamente cerca de la frontera con Argentina, nos dijo que al final no iba a poder viajar para esa fecha. Así que simplemente por impulso volvimos a cruzar hacia nuestro país, y ni bien pasamos la frontera no teníamos ni siquiera una leve idea de hacia donde ir. No queríamos volver a Buenos Aires, así que a mi se me ocurrió que podíamos ir a Misiones, hacía varios años que tenía ganas de ir a conocer esa provincia. Mirando el mapa me parecía muy difícil poder hacer todo ese trayecto a dedo, especialmente porque había que cruzar todo el Chaco y Santiago del Estero, rutas que se me figuraban sumamente desoladas, sin embargo la propuesta estaba.

Para salir a la ruta en La Quiaca (Jujuy) caminamos bastante, y a pesar de que casi no pasaban autos no tardó en frenar una camioneta donde viajaban 3 chilenos (una pareja y un amigo de ellos) que se ofrecieron a llevarnos hasta Abra Pampa (Jujuy). Ellos venían de recorrer las rutas del “Che” en Bolivia.

Cuando llegamos a Abra Pampa compramos unas empanadas en una feria para el almuerzo, y luego volvimos a la ruta, no habíamos llegado a salir del todo del pueblo, cuando frenó, para nuestra sorpresa, un camión. Era la primera vez que nos levantaba un camión, y ambos estábamos super entusiasmados por la nueva experiencia. El viaje fue largo, y las charlas muchas, ya que Manuel (el camionero) ofreció llevarnos un largo trecho, hasta Güemes (Salta). Todos los pueblos que habíamos tardado casi un mes en recorrer, ahora pasaban volando por el costado de la ruta. Si a la ida hubiera frenado un camión habríamos tenido que frenar antes, o nos hubiéramos perdido de recorrer muchos lugares, pero ahora que estábamos volviendo por los mismos caminos, parecía perfecto que hubiera frenado un camión.

Manuel hacía poco que trabajaba como camionero, así que tampoco conocía mucho el lugar, y se asombraba, al igual que nosotros de la cantidad de colores de las montañas que íbamos pasando; y nos pedía que sacáramos fotos con su cámara para mostrárselas a su madre. Nos contó su historia de vida, de lo ardua que había sido su niñez, en la que casi no podía jugar, ya que tenía que trabajar en el campo.

Junto a Manuel y su camión

Junto a Manuel y su camión

Finalmente llegamos a Güemes y nos despedimos. Nosotros decidimos quedarnos en la estación de servicio donde Manuel nos había dejado, ya que atrás había un “campito” y se podía acampar. Nos sentamos a descansar del largo viaje, y a esperar que se hiciera la noche. La estación de servicio estaba repleta de camioneros. Cuando empezó a anochecer fuimos en busca del lugar adecuado para armar la carpa, pero comenzamos a encontrar que en ese “campito” de atrás había en el suelo muchos preservativos tirados, con lo cual decidimos cambiar de lugar. ¡Otra vez era de noche y estábamos a la deriva en Güemes! Comenzamos a caminar (ya que estábamos a 1km de la ciudad) y vemos una estatua gigante de una virgen que nos llamó mucho la atención. El lugar no parecía ser una iglesia, pero se nos ocurrió tocar la puerta y preguntar si podíamos armar la carpa en el patio (no había pasto, sino un patio delantero de cemento detrás de la gran estatua). Nos abrió la puerta una mujer, que no salió del lugar, pero que nos dijo que no había problema en que acampáramos ahí, y volvió a cerrar la puerta. Así que armamos nuestra carpa debajo de esa inmensa estatua de la virgen, sin saber qué era el lugar en el que estábamos, y la verdad es que nunca lo supimos, porque a la mañana siguiente, al levantarnos, intenté buscar algún cartel, algo que dijera qué era ese lugar, pero no había nada. Nadie salió tampoco de la casa. La virgen era realmente inmensa y esa segunda extraña noche en Güemes nos refugió en su patio.

Noche III

Luego de la noche en la que dormimos bajo los cuidados de la gigantesca estatua de la virgen, salimos a la ruta con la idea de ir rumbo al este (hacia Misiones), y justamente desde Güemes parecía (digo parecía porque no teníamos ningún mapa) salir la ruta que comunicaba Salta con Posadas, tomamos el hecho de que justo nos hubieran dejado ahí como una señal de que Misiones iba a ser nuestro próximo destino. Rápidamente un hombre frenó con su camioneta y nos llevó unos kilómetros hasta la rotonda que se comunicaba con la ruta que debíamos seguir. Una vez allí esperamos varias horas, pero nadie paraba. Aun teníamos incertidumbre si realmente íbamos a poder cruzar todo ese camino a dedo. Hasta ahora la ruta nos tenía mal acostumbrados, ya que casi siempre habían frenado autos muy rápidamente, así que la larga espera terminó por darnos por vencidos, y cambiando de posición en menos de 5 minutos fuimos levantados por un auto que nos llevaba en sentido contrario al que habíamos decidido ir. Llegamos nuevamente a Salta Capital, y no teníamos ni idea de qué era lo que íbamos a hacer, nos sentamos en la plaza del centro a intentar dilucidar algo, estuvimos allí toda la tarde, sin tener ningún plan claro. Nos cruzamos con unos chicos que buscaban hospedaje, fuimos con ellos a averiguar y terminamos yendo todos juntos a una pensión muy barata (uno de esos lugares donde no te dan una habitación, ni una cama, sino “un rincón” donde tirar tu bolsa de dormir), el lugar era realmente desagradable, pero la gente era copada, había unos chicos franceses que viajaban con su perro, un italiano, y el resto eran argentinos, incluso nos encontramos con un chico que habíamos conocido en Amaicha del Valle (Tucumán). Esa noche, entre música y una comida comunitaria nos prestaron unos mapas y nos incentivaron a volver a Güemes y hablar directamente con los camioneros para ir hasta Misiones. Así que eso hicimos al día siguiente. Temprano por la mañana volvimos a Güemes, a la estación donde el día anterior no habíamos querido pasar la noche. Hacía muchísimo calor. Nos acercamos a hablar con algunos camioneros, la mayoría no tenía carga y por ende no sabía hacia dónde iba a salir, ni cuándo, incluso tal vez tenían que esperar varios días parados allí. Todos se prendían a hablar animadamente y se ofrecían a llevarnos hacia el lugar donde tuvieran que ir en el momento que pudieran a salir, pero parecía ser que no había mercadería por esa zona para transportar, pues todos estaban parados esperando carga. Ya era la tarde cuando, mientras hablábamos con uno de los camioneros, se nos acerca una chica, muy alta, rubia y con acento extranjero; nos pregunta si nosotros eramos los viajeros, ya que había visto nuestras mochilas que las habíamos dejado algo alejadas. Nos sorprendió mucho su presencia. Luego de presentarnos, nos pregunta si puede pasar la noche con nosotros. Nuestra idea era aun seguir intentando encontrar algún camión que nos llevara, ya que no nos parecía tarde aun, pero decidimos quedarnos con ella. Así fue como conocimos a Mika, una chica inglesa que hacía 2 años estaba viajando por Sudamérica a dedo, y acababan de dejarla en la misma estación de servicio donde nos habían dejado el día anterior a nosotros, su rumbo era Mendoza, allí quería ir a trabajar recolectando uvas. Ella había estudiado economía, y su idea era viajar por 4 años, luego de Sudamérica quería conocer África. No tardamos en llamar la atención en la estación de servicio, y ya nos conocíamos a casi todos los camioneros que estaban allí parados, y también a los chicos que cuidaban las duchas.

Era nuestra tercer noche en Güemes, pero esta vez nos sentíamos diferentes. Incluso el mismo lugar que el día anterior nos parecía “turbio” y poco seguro, se había convertido en un lugar “amigable”, y los chicos que cuidaban las duchas nos ofrecieron un buen lugar donde armar nuestras carpas e incluso pudimos cocinar ahí mismo.

Mientras Eze seguía charlando con todos los camioneros, yo tuve largas conversaciones con mi nueva amiga, hablamos de todo, su seguridad y decisión ante la vida eran dos cosas que me llamaban muchísimo la atención. Me parecía admirable que estuviera viajando sola de esa manera y por tanto tiempo; en muy poco rato me enseñó muchísimas cosas, desde cuestiones a tener en cuenta mientras uno está viajando hasta sobre las pasiones de la vida. Creo que ninguna charla con psicólogos me hizo tan bien como la de aquella noche. Ella es más chica que yo, sin embargo yo la escuchaba y la observaba como cuando uno es chico y admira a un mayor, era como si de cada detalle podía aprender muchísimas cosas.

Así en una estación de servicio, ubicada en una ciudad más bien industrial, que en teoría nada tiene de especial para un turista o un viajero, crecí muchísimo. En Güemes sentí tantas, pero tantas cosas, que mis palabras no logran reflejar todo lo que aprendí en ese lugar. Es como si las tres situaciones hubieran estado “escritas para mi”, para dejarme un mensaje, una enseñanza personal, y hacerme abrir más la mente. Definitivamente no soy la misma después de este viaje, y especialmente no soy la misma después de esas 3 noches en Güemes. Sólo conocí dos estaciones de servicio, un hospital y una virgen enorme, pero aprendí tantas cosas en esa ciudad, que le guardo un especial cariño…

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