15-Las Cataratas de Iguazú y yo.

Hace varios años en una noche en Buenos Aires, me encontré en un bar en una mesa con toda gente extranjera, la mayoría venía de Europa, eramos como 10 en total. Estaban en el país por diferentes motivos, sólo por un par de meses, y todos habían ido a conocer las Cataratas del Iguazú. En ese momento de mi vida, en mi percepción, las distancias eran más largas, y Misiones para mí quedaba lejos, sin embargo ese día, la longitud comenzó a acortarse. Generalmente no me interesa conocer lugares turísticos, y si fuera uno de ruinas tal vez no me hubiera atraído tanto, pero era un regalo de la naturaleza, que estaba en mi mismo país, ¡tenía que cocerlas! (aunque sea para tener mi propia versión de ellas).

Así fue como a partir de ese momento mis ojos se enfocaron, de alguna manera, hacia aquel punto cardinal. Ese mismo verano le insistí a Ezequiel para irnos de vacaciones a Misiones, averigüé que había un tren muy barato (El Gran Capitán) que iba hasta allá desde Buenos Aires, pero la fama que tenía no era muy buena, los tiempos de viaje, decían, podían extenderse a más de dos día, y mi acotado período de vacaciones no me permitía retrasarme más de la cuenta. Así que desistí, en algún otro momento, en otros años, volví a intentar averiguar por los pasajes, pero éstos siempre estaban agotados, o alguna excusa aparecía para no poder ir.

Tal vez por eso no me llamó la atención de que cuando decidimos cambiar el rumbo del viaje, lo primero que propusiera yo fuera  ir a Misiones, es que el foco estaba allí desde hacía tiempo.

Luego de un mes recorriendo a dedo la provincia finalmente llegamos a Iguazú, nos acomodamos en un camping (durante ese mes era la primer noche que pagábamos un lugar para dormir), y al día siguiente nos levantemos bien temprano para ir hasta las Cataratas. Queríamos disfrutar el día al máximo, tal es así que nos tomamos el primer colectivo que salía, y estábamos primeros en la puerta del parque antes de que abriera (a veces soy un poco fanática con los horarios). Así que fuimos los primeros en ese día en subirnos al trencito, y también los primeros en llegar a la famosa Garganta del Diablo. Estaba realmente ansiosa, muchos eran las descripciones que había escuchado de amigos o familiares de su experiencia en este lugar, muchas eran las fotos que había visto por todos lados, ¿qué me pasaría a mi? Recuerdo siempre el relato de una de mis tías en el que contaba que las dos veces que había ido se había puesto a llorar, “no ha de ser para tanto tía”, pensaba yo, “es agua cayendo, muy bello seguramente, pero agua cayendo no más”, sin embargo cuando llegué ahí arriba el tiempo se detuvo, en un primer instante me quedé sin respirar…la llovizna que “escupía” la catarata sobre mí me volvió a la realidad, se me figuraba que la pachamama estaba jugando con nosotros al tirarnos agua, y no pude más que largarme a llorar. Me sorprendí por estar viendo la caída de agua desde arriba (corroboré después, que había visto fotos de las cataratas desde esta perspectiva (incluso en un álbum de mis padres), pero soy tan despistada que en mi recuerdo sólo estaban las típicas postales que se ven desde lejos, así que mi sorpresa al llegar y verlas desde arriba fue inmensa). Intentaba esconder mis lágrimas, pero era imposible, no se porqué lloraba, tal vez fuera por el estrepitoso sonido del agua, tal vez por la imagen imponente que había frente a mis ojos, tal vez por el vértigo que me producía ver la caída, tal vez porque quería unirme con ese agua y caer libremente, tal vez porque había llegado hasta allí, porque lo había logrado por mis propios medios, siguiendo mi propio camino, poniendo un pie delante del otro, aprendiendo en cada paso, tal vez lloraba porque mi alma estaba llena del rojo de la tierra de misiones, tal vez simplemente lloraba porque estaba feliz…

Intenté imaginar a aquellas personas que descubrieron por primera vez el lugar, los imagino caminando por el medio de la selva, escuchando un ensordecedor sonido de agua, y descubriendo tras seguir el ruido, este paradisíaco sitio. Los envidié por haber podido estar allí en libertad, sin tener que pagar entrada, y sin tener pasarelas; igualmente por un rato mi fantasía logró hacerme sentir en aquel entonces, y no podía más que sonreír.

Como fuimos los primeros en entrar el parque estaba prácticamente vacío, pero con el correr de las horas se iba llenando cada vez más, y era imposible siquiera quedarse contemplando el paisaje, porque siempre alguien terminaba pidiéndote el lugar para posar para una foto.

Sabía que existen “excursiones” en las que uno puede ir en gomón hasta las caídas de agua, me parecían algo comercial, sin sentido para mi, y que solamente servía para que la gente se sacara la famosa foto…Sin embargo el agua me producía una sensación de querer estar ahí abajo, quería unirme a esa caída, me atraía poderosamente la sensación de poder estar allí abajo, así que a pesar de mis prejuicios decidí meterme en el gomón igual (yo sola, porque Ezequiel no quiso), y la verdad que no me arrepentí. El paseo es de 15 minutos nada más, de los cuales unos 10 lo único que hace la lancha es frenar a una cierta distancia para que la gente saque fotos, en vez de hacer como todos la fila para posar en la proa de la embarcación, me quedé sentada, con lo ojos y el alma bien abiertos, contemplando un paisaje que tal vez nunca más iba a volver a ver en mi vida, la frescura del momento aun puedo sentirla. Y luego llegaron esos 5 minutos en los que la lancha se acercaba lo más posible hasta la garganta del diablo: no se veía nada, la fuerza con la que el agua pegaba en mi ser era formidable (hasta me limpió las uñas llenas de barro que desde el día anterior no podía terminar de sacar), solo recuerdo ver “blanco”, el blanco de esa espuma que se formaba en la caída…grité, lloré, me reí, volví a gritar, alcé los brazos, me llené de agua la boca, los ojos, las orejas, el alma entera…el agua me golpeaba, me gritaba, me empapaba, y mi corazón estallaba de felicidad…

Miles y miles de personas recorren este lugar cada año, gente de todo el mundo viene a estas tierras a ver las Cataratas del Iguazú, pero mi momento fue ese, por más que todo el mundo ya haya ido, más allá de todas las fotos, y de todas las anécdotas escuchadas, mi momento de estar ahí fue único, como no podía ser de otra manera…

“(…) no intentes describirlo con tu voz, sólo inclina la frente ante éste abismo(…)” Alfonso Ricciutto

¡Pues que nunca me había percatado que se podían ver desde arriba!

¡Pues que nunca me había percatado que se podían ver desde arriba!

Mi cara de felicidad lo dice todo

Mi cara de felicidad lo dice todo

¡Quiero tirarme ahí!

¡Quiero tirarme ahí!

:)

🙂

Chueca

Típica

Típica

Coatí queriéndonos robar la mochila con la vianda

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Una respuesta a “15-Las Cataratas de Iguazú y yo.

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