17-Un regreso que no lo es…

Costó despedirnos de la gente que conocimos en Iguazú, costó, pero tuvimos que hacerlo. Habíamos decidido volver a casa, no sabíamos cuento tardaríamos, calculábamos que tal vez una semana nos iba a tomar cruzar Corrientes y Entre Ríos, y que íbamos a poder recorrer algo de esas provincia en el camino. Fuimos en colectivo hasta las afueras de Iguazú, y el chofer ofreció llevarnos unos kilómetros más, hasta un pueblo cercano (Puerto Esperanza) donde, dijo, nos iba a ser más fácil hacer dedo. El fin de semana largo estaba terminando, se veía una gran cantidad de autos en la ruta, pasando a toda velocidad. Finalmente frenó una camionetita escolar, su chofer animosamente nos dio charla, quería que le contemos sobre nuestro viaje, recuerdo su sonrisa y su frescura, y así entre mate y mate le contamos todo lo vivido en el último tiempo. Nos dejó en Piray, donde no tardó en frenar otro auto que nos llevó hasta Montecarlo. Allí pasaron varias horas, el cielo comenzaba a oscurecerse, ya que se acercaba una tormenta. Cada vez pasaban más autos, con lo cual las probabilidades de que alguien frenara deberían de ser mayores, pero en su gran mayoría era gente de Buenos Aires, principalmente de Capital y alrededores, y como nos había dicho la gente de los pueblos no nos iban a frenar. Y así fue, las únicas personas que frenaron ese día fueron gente de la zona. La tormenta llegó, y tuvimos que refugiarnos en el techo de un pequeño estacionamiento, pero el viento comenzó a soplar fuerte, y el agua llegaba desde todos lados, incluso debajo del techo. Nos acercamos corriendo a la oficina de turismo, a donde también habían llegado otros dos hombres a refugiarse. nos quedamos allí charlando con ellos y con la mujer que atendía la oficina. Se hizo de noche, y armamos la carpa bajo el techo de una especie de patio delantero del lugar.

Al día siguiente salimos temprano, otra vez la cantidad de autos era mayor a la acostumbrada, pero tardó en frenar uno, y quien lo hizo nuevamente era un hombre de un pueblo cercano que viajaba con su hija, en un auto antiguo. Nos llevó pocos kilómetros, nos volvió a advertir que ese día iba a ser difícil que alguien nos levantara: “porque son todos de Buenos Aires, y encima manejan como locos”, tenía razón. Para apaliar nuestra espera quiso regalarnos un paquete de galletitas de agua, las cuales vinieron muy bien para un paté que teníamos. Esperamos, esperamos y seguimos esperando, pero nadie frenó. La espera empezó a darme ansias, y a darme ganas de comer a cada rato, me ponía nerviosa y triste pensar en que fuera tan diferente, tan frívola, la gente de Buenos Aires, a diferencia de las del resto del país, me daba pena saber que nos acostumbrado a ser desconfiados.

La tarde llegó y mis nervios hicieron que quisiera tomar un micro hasta Candelaria, al menos allí sabíamos a dónde ir a dormir, buscamos de nuevo el colegio abandonado, y allí estaba Ramón, sentado frente a su huerta. Se alegró de vernos, y rápidamente preparamos una rica comida. Me sentía cómoda, en confianza, como en mi hogar, a pesar de que solamente habíamos estado allí un día, hacía como un mes atrás, y que sólo habíamos conocido a Ramón unas pocas horas. Las plantaciones de la huerta estaban notablemente más altas, marcando el inevitable paso del tiempo, el cual parecía sólo haber pasado para ellas, porque su dueño estaba como varado en el él. Ramón no se movía de su silla, se la pasaba todo el tiempo mirando su huerta, tomando mates, y comiendo allí, sólo se iba del lugar a la noche para dormir, y (como comprobé más tarde) durante la noche se levantaba a cada rato porque tenía miedo de que le destruyeran sus plantaciones, ya que al parecer estaba enemistado con la familia paraguaya que vivía en el aula contigua del colegio. Luego de cenar nos fuimos a dormir, él nos invitó a su hogar, el cual consistía, obviamente en un aula, que estaba aun llena de pupitres, mesas y armarios escolares, él pensaba usarlas como leña. Esa noche tardé mucho en dormirme, no porque tuviera miedo, sino porque no cesaba de imaginar todo lo que se podría aprovechar ese lugar. El colegio estaba en perfectas condiciones (con excepción de sus ventanas) y el terreno era bastante grande. Pensaba en todas las personas que conozco que quisieran contar con un lugar de esas características para dar talleres a chicos o grandes. Me entristecía y a la vez me daban ganas de hacer muchísimas cosas, pensaba en que tal vez fuera una señal haber conocido ese lugar, que tal vez yo tenía que hacer algo al respecto. Y así me la pasé toda la noche, pensando…

Al día siguiente Ramón nos despertó temprano, tomamos juntos unos mates y luego de despedirnos y pasarle nuestros datos por si llegaba a ir a Buenos Aires, salimos a la ruta. Esta vez la cantidad de autos era normal, pero costaba, había pasado casi medio día cuando me dí cuenta que nuestras propias energías eran las que no nos permitían irnos de Misiones, es que en verdad no queríamos irnos, solamente habíamos decidido hacerlo, pero lo vivido en aquella provincia había sido tanto, que algo nos aferraba a ella inevitablemente. Por mala suerte no se aun manejar eso de las energías. Le comenté mi pensamiento a Ezequiel y concordó en que ese debería de ser el motivo. Él también estaba diferente después de este viaje, si antes le hubiera hablado sobre “energías” me hubiera mirado con cara rara y se hubiera reído de mí, tal vez yo también me hubiera reído de mí, pero ahora parecía lo más cierto. Hacía mucho calor, y estábamos bastante cansados de esperar, pero seguíamos intentándolo, en un momento decidí tomar de la mano a Ezequiel, no se porqué lo hice, pero él se rió, y me preguntó si era para aumentar las fuerzas, me reí y le dije que tal vez así podía funcionar…y para demostrarle a mi parte incrédula que en verdad existe la magia, el destino hizo que en menos de 3 minutos frenara un auto último modelo (desconozco marcas y modelos de autos) que tenía hasta televisores y reproductores de dvd en los respaldos. No pudimos más que reírnos y bromear acerca de que unidos podíamos frenar cualquier auto que quisiéramos. Allí viajaba un abogado, que mientras acomodaba nuestras mochilas en el baúl, bromeaba acerca de su condición actual, diciendo que él estaba preso del sistema, atado a una vida rutinaria y aburrida. Luego nos contó que era fanático de los viajes, y que de más joven había hecho varios, pero que ahora con mujer e hijos ya no se animaba tanto. Nos llevó sólo unos pocos kilómetros, hasta Posadas, pero bastaron para que nuestras fuerzas, y nuestras ganas se reanimaran.

Dimos unas vueltas por la capital de la provincia, buscando algún mapa de la ruta que unía con Buenos Aires, y luego nos dimos cuenta que habíamos ido en una dirección errónea. Había muchos camiones parados, así que aprovechamos para preguntar si alguno iba en nuestro sentido, y a la vez para charlar con los camioneros, quienes siempre tienen ganas de contar historias, de escucharlas y de dar referencias de cómo llegar a algún lugar. Nos indicaron que teníamos que ir unos kilómetros hacia el este (hacia el centro de la provincia), donde salía la ruta 14, que va hacia Buenos Aires. Fuimos hasta un puesto de gendarmería, donde, según nos habían dicho, era un buen lugar para hacer dedo. Pedimos permiso allí, y nos asignaron un lugar. Pero habíamos estado tanto tiempo hablando con los camioneros en la ciudad, que la noche estaba próxima, igual decidimos probar suerte un rato. Pasó algún tiempo, y por las dudas si la noche nos agarraba allí, ya habíamos encontrado un lugar cerca donde armar la carpa. Uno de los camioneros que pasó, nos hizo señas de que no frenaba por los controles de gendarmería, y vemos que a sólo unos 4 metros más adelante para, ya que había otra mujer haciendo dedo. Tomamos nuestras cosas y nos ubicamos en el lugar donde estaba la mujer, y no terminamos de dejarlas en el piso, que otro camión ya estaba frenando, y ¡esta vez si era para nosotros! No entendemos muy bien hasta donde puede llevarnos, dice que va hasta Buenos Aires, pero que recién al día siguiente, ya que antes tiene que hacer una carga, pero que va en esa dirección. Animosamente Juan empieza a preguntarnos de nuestro viaje, y dice que él no le gustaría viajar así, que a él le gustan los hoteles, y esas cosas, igual escucha con una sonrisa de oreja a oreja. Parece una entrevista, Juan tira una pregunta tras otra. Luego nos cuenta que él siempre levanta a gente, porque sino se aburre, tiene 22 años, y 2 hijos. Como nos había pasado la mayoría de los camioneros, nos cuenta las historias de sus amoríos fuera del matrimonio. En una estación de servicio de Santo Tomé (ya en la provincia de Corrientes) frenó para darse una ducha, y nosotros también aprovechamos. Allí encontramos a una pareja de viajeros que estaban acampando junto a su perro. Juan se quedó asombrado porque dejaran entrar al perro en la carpa, y no dejó de despotricar contra la chica, porque tenía largos los pelos debajo del brazo. No entiendo porqué muchos hombres (y mujeres también) dicen que es “sucio no depilarse las axilas”, si los hombres no son considerados “sucios” por tener pelos bajo el brazo ¿porqué las mujeres si? Me dieron ganas de contradecir lo que decía Juan, pero me quedé callada, no valía la pena, por alguna razón ya empezaba a caerme mal. La situación empeoró cuando comenzó a contarnos que él había tenido relaciones sexuales por primera vez a los 10 años, y sin obviarse detalles, nos contó su experiencia. Al relato le sumó la historia de que un año más tarde tenía relaciones con la madre de su noviecita. En este punto de la historia yo ya no sabía, si era un desquiciado o si estaba inventando todo, pero de ambas maneras me sentía muy incómoda. Por suerte, el relato cesó y Juan decidió frenar en Yapeyú para dormir un rato, eran las 11 de la noche. Armamos nuestra carpa al costado del camión, y nos dijo que pusiéramos el despertador a las 3 de la mañana para seguir rumbo a Cuatro Bocas, dónde Juan tenía que hacer la carga de mercadería. Eso hicimos, no pude descansar mucho, pero a las 3 estábamos arriba del camión otra vez. Seguía siendo de noche, y producto del sueño, por suerte la charla no continuó. No tardamos más que 2 horas en llegar a Cuatro Bocas y allí en el medio de la noche nos despedimos, y nos indicó dónde podíamos encontrarlo al día siguiente si queríamos seguir camino hacia Buenos Aires con él. Cruzamos hacia una estación de servicio, y pusimos la carpa, al lado de otra que ya estaba armada, en el pasto mojado. Dormimos hasta tarde, ya que llovía, y no podíamos desarmar la carpa. Alrededor del mediodía dejó de llover, desarmamos todo como pudimos, y luego de comer algo comenzamos a hablar con los camioneros. En menos de 5 minutos, Dante aceptó a llevarnos, luego de haberse negado primero por miedo a los controles. Bajo la llovizna nos subimos al camión. Éste iba a ser el último, ya que su destino era Buenos Aires. La sensación era extraña, ya estábamos volviendo…me daba algo de pena, pero a la vez tenía ganas de hacerlo. El viaje de regreso fue largo, pero no tanto, las charlas fueron muchas, pero hubiera querido que siguieran. Cruzamos Entre Ríos tan rápido que me quedé con muchas ganas de conocerla. En mi mente iba a poder recorrer esa provincia, aunque sea un poco, pero en menos de lo pensado ya estábamos en Escobar, esperando un colectivo. Le mandé un mensaje de texto a mis papás diciéndole que pusieran dos platos más para cenar, creyeron que era una broma.

Sentía algo extraño en mi corazón, sabía que era decisión mía el hecho de estar volviendo, sabía que así lo quería yo, sabía que tenía mis razones…Había aprendido tantas cosas, que también sabía que ya no era la misma, las riendas de mi vida estaban en mis manos, y yo era plenamente consciente de ello, no había lamentos. Sabía que este viaje había sido un viaje de ida, y que incluso hoy día luego de tantos meses ya de haber vuelto (físicamente), sé que el viaje continúa, que mis ojos ya nos son los mismos, que la vida la veo de otra manera, que los instantes los vivo intensamente, que aprecio las cosas simples muchísimo más. Ya no veo al otro como un extraño y alguien peligroso, sino como un semejante a quién puedo ayudar y puede ayudarme, la paciencia es diferente, todo absolutamente todo es nuevo, incluso en aquello que ya conocía de memoria. Ahora soy plenamente consciente de mi libertad, y de todo lo que soy capaz de hacer con ella…Y por suerte sé también que aun hay mucho por lo cual sorprenderme…Vuelvo feliz, porque aprendí que la vida es un viaje de ida donde no importa el final, sino el camino…definitivamente soy feliz por haberlo descubierto por mi misma…

Camino…

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